La educación de las hijas ISBN: 978-84-937533-6-8


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Mary había nacido en una familia mediana. La clase media avanzaba. Tuvo un abuelo que había logrado un cierto patrimonio y un padre que no sabía conservarlo. Y tenía también dos hermanas. La carrera de las mujeres era casarse, pero ni Mary ni sus hermanas tenían dineros ni dotes que se la permitieran. Las chicas de su clase, sin dote, no tenían matrimonio. Fue su hermano, Ned, quien salvó y se quedó con los últimos recursos, intentó reconstruir el patrimonio del abuelo y se olvidó por lo demás de las tres. Que, dicho sea de paso, no sabían ni lograban hacer nada útil, porque no podían trabajar como criadas ni vivir como señoras. Esta, aunque no lo parezca, es una situación ideal porque en ella se han cocinado muchas de las innovaciones intelectuales femeninas. Sin ir más lejos, otro tanto le pasaba a Austin y les ocurrió después a las Brönte. A decir verdad, la Inglaterra ilustrada pululaba de mujeres inteligentes sin engarce social fijo que se daban perfecta cuenta de su situación. A las niñas se les enseñaba a llevar una casa, lectura, dibujo, algo de música, conversación y arreglo personal. Todas estas cosas lucían muy bien si estaban sentadas sobre unas buenas rentas anuales de algunos miles de libras, pero las desclasadas sólo tenían vanas ideas en la cabeza, una pluma en las manos, y un porvenir de institutrices como mucho. Mary Wollstonecraft siguió todas y cada una de las estaciones del calvario de su lugar social. Creció viendo los dislates económicos de su padre, que maltrataba a su madre lo normal, mientras hacía que su familia le siguiera en todos sus proyectos: más de dos y tres veces y en distintos lugares se fue gastando lo que tenía en llevar la contraria a su tiempo; compró diversas granjas y trató de dárselas de señor rural. Las niñas conocieron bien una educación deslavazada en manos de una madre aterrorizada y dulce y unos criados de categoría inferior. Se buscaron amigas. No encontraron novios. Acabaron de señoritas de compañía, de mal casadas, o en el dudoso puesto de institutriz. Una novela de la época, de enorme éxito, Clarisa, servía de norte y consuelo a todas estas desesperadas. El argumento era sencillo y lo hemos visto repetirse desde entonces. Una joven institutriz recala en casa de un amo pasional y algo torvo que asedia su virtud. Tras defenderla con valentía y delicadeza al tiempo, lo impresiona lo suficiente como para que la tome por esposa. El viejo cuento de la bella y la bestia. Esta historia tiene mucho éxito porque es falsa. Siempre hay una loca en el desván y nunca en la dura realidad las bestias adineradas desposan a las exquisitas pobretonas. Las dos hermanas de Mary intentaron vías parecidas con fracasos considerables. Pero, ¿qué podían hacer las niñas entonces? A las mujeres en frase de Emile de Châtelet no les estaban abiertos los oficios ni los empleos. No podían emplearse en el foro, los negocios, la contabilidad… Podían descender a oficios manuales –modistas, costureras, dependientas. Casi todas las mujeres de la naciente clase media se veían a un callejón sin salida. Para sus hermanos los oficios que luego se llamaron de cuello blanco estaban abiertos, al igual que lo estaban la administración, la marina, el ejército o directamente la emigración a las colonias en busca de mejor fortuna. Ellas sólo tenían sueños. Amelia Valcárcel
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